Es tu decisión

Por Antonio Argüelles

La primera vez que me entrevisté con Quinton Nelson, el capitán de mi embarcación, la química fluyó. Convenimos vernos el primer día de la ventana para evaluar nuestras posibilidades. Hombre de pocas palabras, una vez hechas las presentaciones me dijo: “No se ve nada de aquí al martes. Hablamos el lunes en la tarde a las 18 horas y te digo si podremos salir.”

Con esfuerzos le saqué algunas palabras más en relación a la ruta y su estrategia de nado. Salí de nuestro encuentro con la certeza de que podría nadar del lado izquierdo de la embarcación y tomar video con el dron. También acordamos que nadaría las primeras dos horas con abastecimientos cada hora y que el objetivo sería llegar antes de las seis horas a la mitad del trayecto.

Salimos de su oficina en menos de 15 minutos y, de camino al hotel, Lucía y yo coincidimos en que era una persona que inspiraba confianza. Ella quedó tranquila de que estaría en buenas manos y yo de que tendría a un marino que conocía las aguas como la palma de su mano.

Foto: Cortesía

Llegó el lunes y las condiciones del clima no convencían a Quinton. Las primeras horas del martes se veían excelentes para el nado, pero el pronóstico para la tarde no era alentador. “Es mucha presión”, me dijo. “No se ve nada mejor hacia adelante, pero no estoy convencido de que el clima vaya a estar estable en la tarde. Sería terrible que te regresaras sin nadar”. Le contesté que no se preocupara por ese asunto, que me diera su opinión con toda transparencia. “Nos quedamos”, sentenció. “Hablemos mañana, pues veo posibilidades para el miércoles”.

El martes nos levantamos a entrenar a las 4 de la mañana y el día estaba precioso. Nos enteramos de que un nadador sudafricano había salido y en la caminata después del nado todos queríamos tocar el tema sin atrevernos a mencionarlo. “No asumamos nada; faltan muchas horas. Confío en que tomamos la mejor decisión”. Horas más tarde nos enteramos de que habían tenido que sacar al nadador y llevarlo al hospital con hipotermia.

Al inicio del proyecto tuve una larga plática con Jaime Delgado acerca de la forma en que enfrentaba mis nados. “Tienes que dejar de hacerlos por ganas y fuerza; necesitan ser mentales”, me aconsejó. Desde mi regreso de Gibraltar, nos pusimos como meta lograr mi relajación total durante los nados y enfrentarlos con energía en vez de fuerza.

El martes por la tarde llevamos a cabo la ceremonia de verter las aguas de las Estacas y San Francisco en el Mar del Norte. Fue un momento muy especial en que pedí al océano que me dejara cruzar.

Foto: Cortesía

Esa misma tarde Quinton declaró que tampoco iríamos el miércoles, pero que el jueves había una posibilidad, que, por cierto, era la última. Llegó el miércoles y nos volvimos a reunir. “Me da mucha pena, pero hoy no veo condiciones. Si estás dispuesto a tomar el riesgo, nos vemos mañana a las 7 de la mañana y decidimos; el clima puede cambiar”.

Esa noche me dormí convencido de que a la mañana siguiente iba a meterme al agua. Cené temprano y a las 20:30 horas estaba dormido. Usualmente me despierto sin necesidad de poner el despertador, pero esta vez lo hice por precaución. Me alegro, pues dormí profundamente hasta las 5 de la mañana. Mi sueño no se vio afectado por la posibilidad del nado.

Con café en mano, salí a dar una vuelta. Eran las 5 de la mañana y el fotógrafo del New York Times estaba llegando. Nos saludamos y le dije que el equipo saldría a las 6:15. La noche anterior había llovido; las calles estaban húmedas y el cielo totalmente cerrado. Pensé que si Quinton me decía que no había condiciones, le pediría por lo menos seis horas de nado. Si tenía que regresar a México, al menos deseaba llevarme en mi cuerpo y mente el sabor de las aguas del Canal del Norte.

A las 6:20 empecé la rutina de estiramiento pensando en que, sucediera lo que sucediera, ese día iba a nadar. Estábamos terminando cuando Quinton apareció. “La situación es muy difícil. El clima está ahora muy mal, pero hay reportes de que mejorará en tres o cuatro horas. Tú tienes la última palabra.” “¿Confías en que mejorará?”, le pregunté. “Sí”, respondió. Extendí mi brazo, estrechamos las manos y le dije: “We have a deal. We are going to Scotland”. [Tenemos un trato. Vamos a Escocia]. Fue un momento que selló nuestra complicidad, respeto mutuo y me atrevería a decir que hasta amistad. Íbamos por el tesoro de Don Julián.

Los minutos siguientes corrieron en cámara lenta.

Llegamos a la marina y, tras despedirme de Lucía, Ximena y Brad, salimos al lugar de inicio. Ariadna y Nora me preparan y salto al agua para nadar hasta las rocas que me han indicado. Antes de iniciar reviso la temperatura del agua: 13.3º C. Es un buen día si lo comparo a los anteriores, en los que estuve nadando a 12.7º o 12.8º C.

Foto: Cortesía

Dan la salida y me siento fuerte. Mis primeros pensamientos regresan a la ofrenda. Saludo al mar y le pido que me deje nadar explicándole que éste es un momento íntimo entre nosotros, sin tracker; nadie nos iba a estar viendo.

Las primeras horas son de ritmo lento, a 60 brazadas por minuto (bpm), pero con excelentes abastecimientos. El cielo empieza a clarear, la temperatura sube y puedo nadar más relajado. Subo a 64 bpm y a las cinco horas estamos a la mitad del camino. Me avisan y me emociono, pues llevo una hora de “ahorro”.

Seguimos. La temperatura baja y llueve de repente, aunque luego se van las nubes y la temperatura sube un poco. Repentinamente estamos en la décima hora de nado. En el abastecimiento me dicen que vamos a entrar a la costa y que en dos horas llegamos.

Empiezo a nadar y siento que las corrientes están en mi contra. Cuando paro a comer me confirman la noticia: “Cambiaron las corrientes; ahora las tienes en contra. Necesitas hacer un esfuerzo al máximo en las próximas horas”. El plural me sorprende, pero no pregunto ni discuto. Me he mantenido concentrado en el nado y no me voy a perder en el momento difícil.

El “esfuerzo al máximo” es relativo. No es lo mismo hacerlo en una carrera o entrenamiento que cuando estás en el mar. En el idioma de las aguas abiertas, esta frase significa dar más brazadas por minuto sin aumentar el ritmo cardíaco y menos aún acumular ácido láctico. Envío la señal al cerebro y mantengo un ritmo de entre 67 y 68 bpm durante la próxima hora. No avanzamos y me siguen pidiendo lo mismo.

Foto: Cortesía

Al siguiente abastecimiento (11.5 horas de nado) me dicen que ya logré pasar, pero que todavía tengo que nadar hasta la costa. Inmediatamente viene a mi mente la conversación que tuve con Quinton en nuestro primer encuentro. “Lo más difícil es llegar a Escocia”, me había dicho. “Muchos nados han quedado a metros de la costa. Nunca sabes cuándo las corrientes van a estar nuevamente en tu contra”.

Es momento de olvidarme del nado. Tengo media hora para cargarme de energía, pues calculo que puedo tener que nadar hasta 15 horas. Inicio mi rutina de Chi Kung. Absorbo la energía del agua y el cosmos y la llevo a mi cuerpo; extiendo mis tendones, me relajo. Volteo a la lancha y Nora me indica que en 4 minutos me toca abastecimiento. He estado perdido durante 26 minutos. Cuento del 1 al 200 y me paro. Bebo mis carbohidratos con proteína y continúo.

Poco a poco veo cómo la costa se acerca. Me preguntan en qué momento quiero que me pasen mi bandera. Tras un rato, cuando ya es obvio que voy a terminar, nos paramos. “Quinton dice que no te pasemos la bandera. Tienes que nadar hacia aquellas rocas”. Me quito los goggles para identificar con claridad “aquellas rocas” y me percato de que, frente a mí, sólo hay rocas.

Nado hacia la que parece más amigable. Me acerco y confirmo que va a ser muy difícil pararme. Una primera ola me revuelca; me sujeto con las manos, pero los pies y las piernas pegan y la corriente me voltea. Estoy en la peor de las posiciones, las olas frente a mí y las rocas a mi espalda. Veo venir la ola e instintivamente pongo los brazos hacia atrás, contraigo el abdomen y pego la barba al pecho con toda la fuerza que me da la adrenalina del susto. Tengo que evitar que mi cabeza pegue en una piedra. La fuerza del agua me acerca a una piedra y levanto la mano sabiendo que sólo tengo unos segundos para que me vean. Señalan el final del nado e inmediatamente me acuesto para empezar a nadar al barco.

Epílogo

Nunca pude plantar mi bandera ni encontrar el tesoro. Sin embargo, a cambio, el mar me dio la oportunidad de cruzarlo y cumplir mi deseo de nadar los Siete Mares.

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